viernes, 24 de julio de 2009

Vacaciones.



Ya se acabaron las vacaciones, o por lo menos las que molan, esas que te mantienes despierto en todo momento, en que todo es nuevo y digno de atención, cuando todo tiene un interés inesperado, incluso lo más nimio. Todo eso ya acabó, de momento. Al dejar atrás Portugal olvidé todo eso en la frontera, lo tuve que dejar unos kilómetros antes de la aduana, por miedo al decomiso y a la multa. El buen humor de los demás está bien como anécdota, pero no como costumbre, o así nos han educado.

Aun quedan un par de semanas para empezar a trabajar y aquí solo queda rutina, vida diaria, donde nada despierta el interés de hace dos semanas, un café es un café, y nada más, una chica que se cruza en sentido contrario en el paso de peatones no pasa de la imaginación guarra mientras la estás viendo. Cuando te sobrepasa y nuestros caminos no coinciden pues ya está, a otra cosa. Ahora todo es aburrido. Quiénes son los aburridos, las cosas o las personas, supongo que los dos, pero más las personas, porque lo son y hacen serlo a las cosas. Si, las personas, y por partida doble. La cerveza solo sabe a cerveza y los cigarros copan más el ansia que el entusiasmo. Si, somos aburridos, y por eso nos aburrimos. Aun así si que queda un resto de interés, el de aquel que quiere ponerlo y dota a la mirada de una dimensión propia en la que busca lo que él pretende encontrar. Así y todo los días son agotadores y las miradas al techo se hacen más por costumbre que por necesidad. Qué aburrimiento. No es tan grave. Al fin y al cabo Schopenhauer decía que nuestras vidas transcurren entre el dolor producido por el deseo insatisfecho y el aburrimiento de la victoria conseguida. Es decir, que no es nuevo esto de digo, aunque si se entiende bien lo que quería decir aquí Schopenhauer la idea de fondo no es más agradable ni más halagüeña.

Siempre nos queda el recurso de quejarnos y decir ¡Cómo me aburro!.

(Prometo seguir con esto).

domingo, 19 de julio de 2009

Hermanos.


Hoy miramos al techo a la vez que escribimos. Es tarde, pero no demasiado. Ya volví de Lisboa. Seis horas en coche cruzando Portugal y Extremadura y ya estoy de vuelta.

Parece que se acabaron las vacaciones, o por lo menos las que molan, esas en que estás de viaje y cuando vuelves tienes algo que contar, una ocasión para ser escuchado, y agradecido por parte de los más cercanos. Hoy hablamos de hermanos. Los hermanos son los que por ley están obligados a estar pendientes de nosotros durante toda su vida, o mientras dure la nuestra. Es una tarea larga y pesada, por eso no todas las personas aceptan tal destino. Los amigos son amigos mientras lo son, forman parte de nuestras vidas mientras quieran, o mientras nosotros no los apartemos de ellas. Los lazos familiares son más fuertes, no por tradición sino de manera natural, son los rostros de nuestra infancia que aun hoy permanecen presentes. Y ante todo los hermanos. Si somos realista, aunque duela, sabemos que Papa y Mama morirán algún día y que por edad, con quienes siempre podremos compartir el tiempo es con los hermanos.

Javi es mi hermano. Hace años que no pasábamos tiempo juntos, ha sido una semana, solo siete días. Pero con él he descubierto que con los hermanos jamás se pierde la naturalidad. Nos hemos criado juntos, solo nos llevamos cuatro años y aun así, aunque desde hace más de diez años ya no vivimos en la misma casa, jamás hemos perdido el trato directo, sin mediación. Con los hermanos sobra la narración de nuestras vidas, el contarnos cómo te va, qué has hecho, a quién has conocido. Los hermanos tenemos esa inmediatez en el trato por el cual podemos saber qué le bulle al otro en la sesera al momento. Da igual que pase un año o que pasen diez, con más o menos pesar son parte de nuestra vida, como dije, son los rostros del ayer que aun hoy nos son presentes, y más aun, los que sabemos que lo seguirán siendo en el futuro. Por eso los hermanos no pueden ser amigos, porque tratarse de esa manera supondría rebajarse el estatus. Sería casi un insulto. Un hermano es parte de uno mismo. Ya seas el mayor, el pequeño o el del medio, con los hermanos siempre se tiene una relación especial, son los primeros rivales y los primeros colaboradores, son quienes deben aguantar nuestros vertidos de sinceridad, quienes se ven obligados a dar consejo u opinión, quienes consuelan y quienes castigan. Lo son todo a la vez, como un alter ego, a quien se debe lealtad, aunque estén lejos y llamen poco.

Música: Hoy recomendamos a Sharon Schael, venezolana, Dj residente en Industrial Copera, Granada, ritmos electro y minimal: http://www.sharonschael.com/

miércoles, 15 de julio de 2009


Ayer por la noche fuimos a tomar una copa a "Esplanadas", una zona de Lisboa limítrofe con el río Tajo o "Tejo" como lo llaman por aquí. Sentados desde estas mesas pudimos tomar algo viendo cómo entraban y salían los barcos con dirección al puerto. Allí estuve comentando con Javi varias cosas, él sabe más de Lisboa que yo, de ríos no tanto. Vimos que el río apenas se movía, al ser el delta del Tajo, donde el río se junta con el mar, el Tajo mantiene un leve balanceo, no se observa corriente de agua que baja al mar, ni olas del mar que sube, tan solo una enorme explanada de agua, con Almada al fondo, que se mece y se violenta un poco cuando algún barco cruza el río. Estuvimos recordando otros ríos que vimos juntos, como el Danubio, en Rumanía, ese río si que llevaba fuerza, yo diría que es el río más río de todos los que he visto. También recordamos el Guadiana, que pasa por Mérida. Y es que antes un río era la primera casa de un pueblo. Hoy no tanto o no necesariamente. El Tajo en Lisboa sigue siendo parte fundamental de la ciudad, sobre todo porque se configura en torno a él. No obstante, la vida de los ríos ha sido sustituída por las carreteras, toda la mercancía que antes entraba por barco hoy llega en camión. Quizá sea más rápido y más económico, pero la espera de aquello que llega ha perdido todo el interés más allá del comercial. En Cádiz muchos edificios tienen torres porque los comerciantes que allí habitaban se asomaban a ellas a la espera de avistar su barco con todo aquello que traía de América. Hoy en día una llamada sustituye a esa espera "Voy por ....., me quedan 200 km", y ya está, a otra cosa. Quizá ese comerciante gaditano, mientras esperaba a avistar su barco en el horizonte tuviese este tiempo de relax que aquí llamamos miradas al techo, aunque él mirase al mar, desde luego más propicio para pensar sobre las cosas que el techo. Qué suerte tienen los gaditanos, y los portugueses, que pueden ver el sol ocultarse tras el mar.... Hoy ya es de noche y desde "Esplanada" solo podemos ver el puente iluminado y las luces de los barcos que cruzan el Tajo. Mañana iremos a Cascais para ver el sol ocultarse por detrás del mar, como una aspirina arrojada a un vaso a cámara lenta. Entonces me sentiré un privilegiado porque en lugar de tener que mirar al techo podré mirar lejos, muy lejos.

lunes, 13 de julio de 2009




Miradas al techo. Es Granada la ciudad que aparece al fondo de la foto. De aquí acabo de salir, con la carrera prácticamente acabada y unos nuevos planes. El nuevo destino está todavía difuso, pero es casi seguro que lejos del Albaizyn, por donde tantos paseos he dado. Ahora me encuentro en Lisboa, de vacaciones, visitando a mi hermano y a Ana. Aunque esté de vacaciones, siempre he sido un chico de culo inquieto y viene rondándome la cabeza la idea de crear un blog, parece que por fin comienza a rodar la cosa. ¿Qué son las miradas al techo? Pues la idea surge de un tiempo de exámenes en el que el tabaco marcaba las pautas de descanso diario (ahora ya no fumo, o al menos no como antes). Durante un tema y otro acostumbraba a tumbarme en el sofá y fumar un cigarro mientras miraba al techo. Acompañado de la idea de una novela que estaba leyendo por entonces que decía (entre otras cosas) que "todo tiene su tiempo para ser creído", durante estos descansos entre tema y tema, me di cuenta de que la velocidad de la vida que llevo apenas me deja espacio para pensar y reflexionar sobre aquello que me rodea. El hecho de que tengamos que pasar de hacer una cosa a comenzar con otra sin apenas disfrutar de lo conseguido para centrarnos de sopetón en la incertidumbre de lo que está por acabar me apabulla. Para sofocar este malestar dedicaba el tiempo de estos descansos en el sofá en lo que he venido a llamar las miradas al techo. Durante unos cinco minutos (lo que dura un cigarro) la mente se vaciaba del contenido de aquellos temas tan interesantes y tan pesados a la vez para dejar volar la imaginación hacia cualquier cosa. Cuando la mente encontraba un objeto digno de reflexión se centraba en él y trataba de descifrar todos sus planos. Cualquier tema es válido siempre que se lo toma con la debida complejidad, que no quiere decir seriedad precisamente. Cuando uno se para a pensar sobre algo, ya sea un objeto encima de la mesa, un gesto de la que está sentada en frente en el autobús, la percepción de una noticia por la gente, se da cuenta de que los sucesos que nos rodean son mucho más ricos de lo que en realidad aparentan a primera vista. Podemos darnos cuenta de que si empleamos un poco de nuestra parte podremos descubrir cosas que antes no captábamos. Solo es necesario echarle imaginación, pero siendo coherente. Consiste la cosa en hacer las veces de detective y tratar de averiguar lo que hay detrás de cada hecho. Un gesto de mal humor significa que tal persona está malhumorada. Pero si vamos más allá y miramos a esa persona a los ojos y vemos si tiene ojeras, si vemos que su ropa es presumiblemente la de ayer y observamos que no para de mirar el reloj porque aparentemente llegue tarde podemos imaginar que la persona que está sentada frente a nosotros en el autobús ha tenido una mala noche, eso seguro, los motivos que seamos capaces de concebir ya son cosa de cada uno. Puede ser que tan solo sean imaginaciones pero si aplicamos recurrentemente el mismo prisma seremos conscientes de nuestro progreso y que lo que antes tan solo eran presuposiciones ahora son hechos más que sospechables. Y eso, no se, da energía, da voluntad.

Podemos realizar estos ejercicios en el momento y hacer de nuestras esperas momentos intensos, pero también podemos tomar los hechos con posterioridad, y pensar en ellos con más calma, mirando al techo. Os lo aseguro, los resultados son impresionantes. Parándonos a mirar un poco las cosas descubriremos más cosas de las cosas y más cosas de nosotros mismos. Al menos es esto lo que podréis encontrar aquí. Espero que os guste.