
jueves, 23 de septiembre de 2010
私の足, y no las tuyas.

domingo, 19 de septiembre de 2010
Me gusta guardarme un poquito de ti cuando me das un beso. Para cuando voy, para cuando vuelvo. Para el camino. Ese dulce placer de saborear otros labios que se alejan pasos atrás, en dirección contraria, pero que se sienten cerca cuando muevo los míos, y noto tu boca, que ahora está, que ahora no. Que se va.
Un beso es un segundo muerto, un cerrar los ojos consciente de que el mundo se detiene, deja de girar por un instante, y no hay nada. Todo es calor y tu beso, tu piel y tu beso, una caricia y tu beso. Nada más. Cuando abro los ojos tú sigues ahí, y el universo sigue su curso, pero el beso se va, queda su sabor, pero desaparece... ya no es, ha sido. Y así, con esas cosquillas de memoria y ese tacto que no es el mío sigo danzando, hasta el siguiente. Como si el mundo parase, o como si fuese muy rápido, depende. Cuando cierro los ojos sólo estás tú, y tu beso. Y nada más.
martes, 24 de agosto de 2010
Otro cigarro.
Hace ya tanto tiempo que casi olvido que tu imagen es un sinvivir, un continuo martilleo al alma, al corazón, a la lucidez, anunciando con bandas militares la entrada del absurdo en la ciudad, la vaciedad, el sufrimiento, el sinsentido, la angustia, el dolor, lo nefasto, la dejadez, el deslizamiento, el nihilismo, la muerte. Y todo esto con solo imaginar tu rostro.
Qué perdición de existencia. Cuánto absurdo. Absurdo autoinmune, absurdo que se absurdiza para no caer en el mayor de los absurdos, la nada, el vacío. ¿Y todo para qué? Me pregunto cuando viene el silencio y puedo pensar. Cuando la calle calla y el poeta encuentra el silencio como el pintor el pincel. Para nada, concluyo. Y así, sin motivos ni razones, ni fuerzas ni ganas, el absurdo hace olvidar su propio absurdo con el sueño reparador, con la dulce droga del sueño percibido como eterno, sin límites, sin leyes. Para nada. Absurdo, perfecto caos.
Y todo por ti y sin ti. Porque eres como el rayo que llega, deslumbra y se va. Al que siempre mi mirada llega tarde para verlo y sólo siente su luz, o su fuego. Presencia despresente. Y todo por unos ojos, pero qué ojos. Los mismos que miran, los mismos que engañan, engañaron, los que son y no son. Los que hoy son sombra, ayer veneno, mañana adiós. Qué ojos. Se clavan en lo oscuro, cuando cierro los míos y ya nada vale, ni las palabras. Cuando se piensa con luces y el dolor se me hunde en el pecho erizándome los pelos.
Otro cigarro, así no se puede dormir. Así no se puede vivir. No se vive, se sobrevive en un eterno punto y aparte del que el tiempo tan solo trae la certeza de su realidad inmutable. Lo que fue es. Será siempre. La calma y un pensamiento al aire, desentrenado, traicionero, hacen el resto. Hacen que la ciudad se hunda, se inunden los edificios, floten los coches y los hornos de pan sean refugios de peces. Pánico, perfecta servidumbre de la antivoluntad de ser. Tus ojos y todo se hunde. Absurdo.
El rayo que no cesa siempre ilumina pero a veces no quieres ver. Sabes de memoria el paisaje y estás aburrido de verlo. Estoy cansado de tus ojos, exhausto. Busco distracción, sublime instrumento de quien piensa en estructuras. Lenitivo. Narcótico. Absurdo pero eficaz. La lucidez también merece y necesita una tirita, una caricia.
Por fin la neblina, la conciencia de la inconsciencia del ahora, del soy. La torpeza del pensamiento, la pesadez de los párpados. La baba. La puntilla torera, el tiro de gracia y el adiós... No mas. Mañana tus ojos se irán por el desagüe y miraré al espejo y serán mis ojos, y no los tuyos.
Rayuela, capítulo 7.

viernes, 23 de julio de 2010
domingo, 18 de julio de 2010
Ignorantes.

Nacemos en la más completa de las ignorancias. Desconocemos tanto nuestro parentesco y filiación, como el país en el que vivimos, nuestros apellidos, dirección, ciudad, código postal. Simplemente tenemos conciencia de nuestro ser, y éste sólo toma consistencia a través del tiempo y del ahora cuando alguien decide darnos un nombre, un signo que refiere a nosotros, una palabra, un sonido que nos identifica, ante nosotros y ante todos. Nombre, más apellidos, signos restrictivos que conducen a la unicidad de quien tenemos delante, de quien nos habla o nos escucha.
Nuestras vidas son el conjunto de nuestras ignorancias, curioso porque somos todo aquello que desconocemos, aquello que no podemos saber ahora y que cuando lo sepamos ya no tendrá validez, ni nos será útil, quizá tampoco relevante. Somos lo que desconocemos, nos configuran nuestros errores que no son tales sino más bien actos precedidos de una información imperfecta. Palabras acortadas, miradas que esquivan lo que son. Tendemos a confiar en nosotros, en nuestro instinto, en nuestras emociones, sin saber que nuestra cerrazón y el inútil sentimiento de omnipotencia acallada por el orgullo inconsciente de ser nos llevan al error, al fallo, a la posterior desesperación y rememoración de todos y cada uno de los hitos que nos llevaron a ser lo que ahora somos, buscando con insistencia y desesperación el hecho que nos exculpe, que nos exima de responsabilidad para poder pensar en nosotros mismos con una pesadez menos asfixiante. Anhelamos la levedad, la fluidez y la desconfianza, ya nadie quiere ser siendo sino ser sido. Se rechaza el riesgo y se potencia el mérito y el homenaje, y seguimos ignorando el por qué.
Somos ignorantes sin remisión. Ignoramos lo que querríamos saber sin saber qué es aquello que no queremos ignorar. Nos gusta porque desconocemos no sólo su contenido sino su forma. Lo otro, el sexto sentido del que desconocemos su utilidad o su sensación.
Ignoramos para amar y para querer, a sabiendas de que sabiendo la cosa no tendría tanta gracia, a sabiendas que el "tú" aminora el sentimiento de vacío del "yo", el precipicio de la desorientación en el lugar de nuestras vidas, a sabiendas de que saber es un privilegio que nos está vetado, por ignorantes.
Ignorantes somos deseosos de saber, sin saber que quien ignora también confía en quien también ignora, aunque no lo sepa. Sin embargo dos mentiras no hacen una verdad ni dos ignorantes un sabedor. Por ello la ignorancia tiene la doble cara de la tragedia y de la comedia, de la vida y de la muerte, del amor y del vacío. Confiar es subvertir nuestra ignorancia e investirla en acto heroico de quien echa el resto y le pasa su cargamento a quien viene detrás, siempre detrás. Si no ignorásemos no podríamos vivir, sería todo demasiado desesperante, demasiado lúcido. Sin embargo tampoco podemos vivir cómodos en la ignorancia.
Somos ignorantes que queremos saber, sabiendo sin embargo que no se puede saber y vivir, confiamos nuestras ignorancias porque no confiamos en nuestro ser ignorante.
Ignoramos, confiamos, sabemos, queremos.

