miércoles, 16 de marzo de 2011

El aceite de Iznalloz

Iznalloz es un pueblo de Granada, de pasada para mi. Siempre lo he bordeado cuando iba o venía de o hacia Granada, y salvo una vez que tuve que ir por la carretera cruzando el pueblo, para mi siempre ha quedado a mi izquierda o a mi derecha por la A-4 hacia otro lugar.

Junto a dicho pueblo hay una vía de servicio todo en uno; gasolinera, hotel, bares, restaurantes, tickets para el ferry, tienda de artículos de caza, productos de la tierra y más cosas si me apuras. Junto allí, como decía pasa la autovía dirección Granada y también confluye el desvío por carretera hacia La Peza, carretera que acorta el camino hacia Almería. Por ello la vía de servicio es la leche, siempre llena de gente a la hora que se pare uno. Coinciden a pie de barra tíos recios que se van a barear aceitunas con trajeados en dirección a la capital, estudiantes de fin de semana, fiesteros de la Copera (inconfundibles), guiris con la estampa de Sierra Nevada en la jeta, marroquíes con jaima improvisada y Harissa con el útero hasta arriba de grifa. Panorama pintoresco cuanto menos.

Pues viajaba yo el otro día en dirección al norte, muy temprano cuando paré en dicha área de servicio a desayunar, o más bien a que me prepararan el desayuno, cosa que cuanto más al sur mejor se hace. Eran como las 6 de la mañana y aquel sitio ya estaba abierto y bastante concurrido. Junto a mi, en la barra, se encontraba un tío bastante grande, que vestía un mono azul de obra, pero que poco se había acercado al cemento. El bajo de los pantalones estaba cubierto de un barro ya hecho tela que no sale ni frotando fuerte. La prenda que ya desechaba su apariencia por su utilidad o comodidad vestía a un hombre de unos cuarenta, ancho de espaldas, con las manos grandes y agrietadas, que tomaba una copita de anís a las seis de la mañana. Yo solo supe que era anís cuando pidió la segunda.

En esto el camarero me trae las tostadas y en el mismo platito un puto bote de plástico pequeñito con aceite dentro. Aceite de la cooperativa olivarera de Iznalloz, se lee en la tapa de film. A esto me pregunto yo qué ha sido de la aceitera típica encima de la barra, o más bien de las aceiteras, una con ajos y otra sin ellos, y demás cosas en mi somnolencia matutina. Total, que me echo el aceite en las tostadas y veo que me sobra más de la mitad del bote. Y mientras, a esas horas en las que el cerebro aun está un poco líquido y el café aun no caliente el estómago ni la lucidez me pongo a pensar en el tío del al lado, que no para de mirarme. Pienso que él se ha levantado hoy y muchos días a la misma hora que yo hoy de casualidad. Él, durante años, me figuro, ha ido a los bancales a regar, podar, estercolar, barear, recoger, sembrar, labrar, vigilar y todo lo que conlleva tener un campito de postal. Me figuro la mala hostia que el vecino tiene acumulada en esa mirada, en esos ojos cansados que no paran de mirarme como diciendo "mierda de vida la que llevo yo para que ahora tú te dejes el aceite que tanto me cuesta a mi sacar, compae". Y lleva razón. Desconozco los motivos por los que en tal sitio se sirve el aceite en puto bote individual en lugar del común, que será menos higiénico, pero es más creíble. Supongo, no obstante, que aunque modernos, los del bar no son gilipollas y que ni una gota de aceite "de sobra" llega a la basura, sino a un hipotético bote de cristal grande que guardan bajo la barra para cuando se largan capullos como yo. Un triste ejemplo, pienso, de como hemos convertido todo aquello que nos daba la vida en lo que nos puede dar dinero, y nos la suda el qué y el como, y si el aceite sobra, pues a la mierda, y si un mindundi solo se echa la mitad, pues ahí que le jodan, mientras pague, eso si.

Un desprecio tan indirecto como visceral es el que encierra esa aporía, esa patraña del progreso, la tecnología, el todo ahora, bueno, bonito y barato, el usar y tirar, los envases individuales hasta en las galletas, la propaganda que dura en la mano tres segundos y luego a la mierda, el "do it yourself" y su puta madre. Todo lo que tiene interés tiene así precio, y las formas importan más que el fondo, y no, eso no es así, que se lo digan al tío que tengo al lado, mientras desayuno, con pena, o más bien con sueño.

Puta vida, dicen sus ojos, que no paran de mirarme, y encima ahora no le dejan ni fumar con el anís.

Manda huevos, pienso yo. Pago y sigo, y adios muy buenas.


miércoles, 9 de marzo de 2011



Silencio, hablan los dioses. Silencio, la actriz está en escena, deleitando al patio de butacas, a los palcos, a los que escuchan desde fuera y a los que se esconden para no ser vistos mientras ellos ven. Silencio, amanece. Nace un nuevo sol que nos es el de ayer y el de mañana, y al que sin embargo nos confiamos como nuevo, desconocido, como la luz que nos traiga la aventura y la tragedia, el disparo que nubla y desestabiliza, hunde y repara, muere y resucita a quien el tedio hace ya demasiado que le robó el alma, y sólo camina, pero ya no siente, ya no oye, porque no hay silencio.
Bajen la voz, los niños duermen, los maestros hablan y los profesores explican . No hagan ruido, atiendan. Salgan de si y su mirada narcisista y de su obsceno yo-yo-yo-mi-me-conmigo. Escuchen y dejan que el argumento tome su forma y su voz, que los gesto rasgen sus prejuicios y simplemente escuchen, será poco tiempo, y tampoco cuesta tanto. No hablen, ni comenten, ni cuchicheen, ni pidan un lápiz ni un pañuelo, simplemente cierren la puta boca, aunque solo sea por un minuto y escuchen, quizá aprendan algo, quizá no.

Todavía no, no hablen aun, no tienen permiso. Tómenlo como un experimento, o como una prohibición, como les plazca. Ahora sellen sus labios y distraigan sus miradas de buscar otras miradas y compartir, céntrense en el yo sin tú, pero también el yo sin yo. El yo que se es a través de lo otro, de lo que se deja impresionar, se impregna, se preña y se imbuye en lo otro de si. Y así, de esta guisa, escuchen a la ciudad, a los coches, a los edificios, las plazas, las palomas, las señoras que tiran de sus carros, los hombres que tiran de sus corbatas. Miren y escuche, pero no hablen aun, silencio, no tienen permiso para hablar, nada han de decir al respecto.
Paren y escuchen a la ciudad que les habla, ruidosa cual intruso, y la tierra subyugada que yace bajo la misma. Vean qué mensajes les lanza, qué palabras les susurra entre estridencias de motores e innecesarias músicas y soniquetes tan burdos como indecentes. Callen por fin, y dejen a un lado la queja, la queja constante, la puta queja. Callen y escuchen el vacío, el absurdo, ante el cual nada han de decir, nada les resta, porque ni entienden ni les importa, ni hacen por lo uno ni por lo otro. Por ello, callen al menos.

Desháganse del ruido que distrae por un rato y escuchen. Descubran la torpeza y el sinsentido de lo propio, de lo ajeno, del quantum creciente de estupidez en proporción directa a los decibelios emitidos, del tantum creciente de vacío en proporción inversa a los silencios escuchados. Observen la impecable organización del vacío, tan estética como innecesaria, tan dolosa como indolente, y pregúntense, desde el silencio, si para lo que nos resta nos merece la pena. Quizá si. O no.
En cualquier caso el ruido no nos deja pensar. Así que callen, coño!

lunes, 7 de febrero de 2011

Excurso.

Hay quien dice que hacer un discurso supone en primer lugar hacer una digresión, esto es, un excurso. A mi esta palabra siempre me ha referido a la noción de disculparse, de una disculpa previa a los que se disponen a escuchar porque a uno cualquiera en un momento cualquiera se le ha ocurrido coger un folio y escribir algo con el fin de que otros lo lean, o lo escuchen, dando por sentado que lo que sus palabras denoten merece la atención de quien presta sus oídos. Por esto, yo también comienzo pidiendo disculpas.

Siempre me ha parecido curiosa la imagen típica de películas ambientadas en la época clásica (la francesa) en la que un refinado figurín de rostro empolvado y peluca blanquecina sacaba del cajón de su pupitre un pedazo de papel con bordes irregulares para escribir con deleitada calma y cuidada ortografía una carta dirigida a alguien lejano. El figurín en cuestión, que siempre pronuncia lo que escribe, ha de detenerse cada tres o cuatro palabras a mojar la punta de su pluma y llenar el depósito. El papel solía ser caro y poco accesible, y la tinta un bien de lujo, que se mimaba con cautela. De hecho, en los antiguos conventos los scriptorium solían ser una de las pocas estancias del edificio en las que había una chimenea siempre encendida, para evitar que la tinta se congelase.
Escribir era entonces un acto de responsabilidad y de criterio. Quien escribía tenía a su disposición unos recursos costosos y escasos que se utilizaban para menesteres de urgencia e importancia. Del mismo modo el acto de escribir requería paciencia, arte y reflexión. A diferencia de hoy, el escribir de entonces era un acto manual en el que el pensamiento iba por delante del vocablo y en el que la palabra escrita era fija, inamovible, pensada y justificada. Escribir entonces, para quien sabía hacerlo, y para quien se le permitía, no era poca cosa.

Cuando todo lo escaso pasó a ser abundante y lo costoso accesible empezaron a escribirse cosas como "puta", "coño" o El Código da Vinci. También vinieron cosas buenas como Bukowski. Sin embargo el discurso perdió su carácter de disculpa y la pretensión de escribir pasó de ser un reto a una fanfarronada en ocasiones. Un universal, para lo bueno y para lo malo.

Escribir filosofía, o desde la filosofía, o en, o para, o hacia, es también pedir disculpas. Supone en primer lugar legitimar la pertinencia de un discurso cuya utilidad siempre se cuestiona, y que siempre es erróneamente abordado desde desde el plano de la opinión. Hablar en filosofía es siempre arriesgarte a que cualquiera te interpele por el fundamento, por el por qué del desde más que por el qué del que tú hablas.
Nadie le discute a un arquitecto que tal edificio esté bien o mal hecho, salvo otro arquitecto. Tampoco recibe réplica un artista sobre la belleza de un Durero, ni un fontanero sobre la buena combustión de un calentador de butano. Sin embargo hablar en filosofía parece moverse en el plano de la opinión, y parece que cada cual en esto tiene la suya, la propia, que siempre es Una, y que se te interpela como tan válida (o más) que la tuya. Quizá.
No obstante, hablar en filosofía supone hablar desde la crítica constante a todo lo que dices, a aceptar la futilidad del discurso propio y aceptar y dejar hablar a quien conversa. La crítica supone escuchar, y escuchar bien, que no es poca cosa. Quien habla partiendo de aquí corre la trágica suerte de ver caer su discurso en lo ingénuo, en la doxa, en la palabrería y en el snobismo, y asume la carga de adicional de fundamentar y defender lo que dice y desde donde lo dice, además de decir lo dicho.
Es al mismo tiempo una suerte y un envite. Un reto cuya defensa consiste más en dar la razón y escuchar que en explicar y ser oído, más en asentir que en ser reconocido. Y todavía más trágico es descubrir que los discursos o las discusiones de hoy, las que no se escriben con pluma y tinta, son de corto recorrido, tanto que quien habla en filosofía ve que no ha llegado ni a la mitad de lo que quiere decir cuando ya se ha pasado a otra cosa.

Sin embargo hay cosas para quien habla en filosofía que conservan su valor, aunque ya casi sean de carácter museístico, verdaderos edificios del pensamiento que están más en las estanterías que en lenguaje diario, pero que están.
Quien recibe un título que le Licencia-En-Filosofia finaliza para sí un discurso. Una digresión muda en la que siglos de palabras le han pedido disculpas a uno, y cuya paciencia le ha permitido escuchar pensamientos con verdadero empeño y desarrollo, pacientes, serios, capaces. Quien obtiene esta licencia sabe que se la juega en cada discurso, y comprende su tragedia de no poder decir nada concluyente cuando la mayor de las veces se le va a pedir precisamente eso. Sin embargo, este carácter trágico es a la vez lo que le salva a quien habla en filosofía, porque sabe que el valor no está en la verdad sino en lo que resiste la crítica, y entiende que lo que se le muestra al final no es siempre lo que se busca en un principio, ni tiene por qué serlo.

Quien habla en filosofía sabe que lucha con pluma y tinta contra lo que corre deprisa, trata de atrapar el humo, pelear a muerte con piedras contra fusiles. Pero sabe asimismo, que la lucha está en la trinchera y no en el desfile, y nadie, absolutamente nadie, le podrá quitar la certeza del criterio y el haber sido capaz de alcanzar un minúsculo resquicio de sentido a lo largo de un discurso que se le revela como inacabado, un discurso de más de veintisiete siglos, que no es poco.

lunes, 20 de diciembre de 2010

A la puta carrera.

Falta de tiempo. En ocasiones empleamos esa expresión para referirnos a una susceptible carencia de minutos que a lo largo del día se nos aparecen como despresentes, quizá para dedicar más a las cosas que hacemos o quizá para unificarlos todos bajo un mismo horario y emplearlos en algo nuevo, o en algo viejo y ya dejado, o a lo cual siempre queremos volver y no podemos, o quizá no podamos. La expresión produce así una distorsión que imposta nuestro ser, refiriéndonos al tiempo desde su falta configuramos la apariencia de una dualidad intrínseca; yo y el otro de yo. Quien hace y quien desea, el que es en los actos y el que es en el pensamiento. ¿Seguro que somos dos? No lo se, me lo pregunto. Trato de entender el porque de esta eterna contradicción que somos cada cual con nuestro tiempo, y que llego a entender y a ver como un problema que atañe a todos, un problema casi universal, aquel en el que hablamos de nosotros mismos desde dos planos, el que somos y el seríamos si tuviésemos la ocasión de ser, las cosas que hacemos y las que haríamos si tuviésemos tiempo

No se, quizá hablemos desde el desconocimiento de qué haríamos caso de tener tiempo para aquello que siempre desdeñamos por poco conveniente o propicio. Hablamos desde el pensar que, desde el no saber efectivo, desde la no realización de aquello que ansiamos. Por tanto nuestra carencia más que de tiempo es de hecho, de voluntad. Nietzsche decía que todo aquel que no contase con un tercio del día para dedicarlo a sus disquisiciones más cerebrales vivía en la esclavitud, una refinada estructura de confinamiento que canaliza las energías más en la queja continua que en la acción, más en el lamento que en la violencia inherente que a cada cual legitima para hacer de su vida algo suyo. Esto más bien lo dijo Foucault, pero para el caso nos sirve.

Ansiamos tiempo, un tiempo que nos es robado, sustraído, imposibilitado. Los ritmos hoy son extenuantes, acelerados. La perfección un ideal inalcanzable pero cada vez más exigible, de todos lados, del trabajo, de las responsabilidades, de las relaciones, del amor, y más que como una cadena que nos ata se trata de un hábito que nos imponemos, sin saber por qué y recurriendo con exceso a la queja del póbrecito de mi, al victimismo falsado, pues no queremos ser víctimas sino tan solo acomodarnos en su estatus de legitimados para quejarnos y ser escuchados en aquello que decimos. Queremos un tiempo que entendemos como nuestro pero que no nos atrevemos a reclamar, a coger. Funcionarializados como estamos, abyectos al quehacer cotidiano y a las doctrinas de escarnio establecidas, a las catarsis colectivas del fin de semana, al cine, a los libros de éxito que siempre aparecen por navidad, a los lunes, los másters, las mierdas y las coles, las jodiendas, las vienales, los sabañones y los domeñables la única ideología posible es a la puta carrera, la prisa, el horario de cierre, de apertura, el sprin por coger el metro, el puntual inicio del telediario. El tic. y el tac. que nos es tan propio como ajeno. Y no hay tiempo para más.

Como quizá todos pensemos, entre mis propósitos también está el de sacar un hueco para ser y hacer todo aquello que no soy ni hago pero que me gustaría ser y hacer. Estamos arrojados al mundo y nadie va a venir a recogernos, ningún equipo de rescate aparecerá en helicóptero ni al final del proceso la sentencia nos indemnizará con los minutos y segundos robados y perdidos. Somos como estamos, pero no podemos ser sin proyectarnos, sin un alivio, aunque sea mental, de la revolución que no pudo ser, pero que en nuestro fuero interno siempre apoyamos. Somos tan amorales como un neumático pero siempre nos quedará echar la culpa a otro, o al sistema, o a lo que tocaba en ese entonces. Quizá así nunca seamos culpables de nada, seamos simples víctimas, pero tampoco seremos héroes, ni dueños de nuestros minutos. Seremos lo que seamos, pero no lo que quisimos ser, porque en verdad no lo quisimos como se han de querer las cosas, con voluntad.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Cosas que pasan

Cosas que pasan. A veces a uno, a lo largo del día le ocurren cosas, o las ve, o las oye, o las propicia. Acciones u omisiones que le hacen a uno recobrar la fe en la humanidad, en darle otro voto de confianza a una vida ya de por si despiadada. La gente, de la que ya estamos acostumbrados a no esperar nada, en ocasiones lanza un verso al viento y desde su gañanía incardinada hace un gesto que vale un mundo. A veces no, a veces todos somos tan hijos de puta como cabría esperar y actuamos como tales, sin alterar la tónica, siendo tal cuales nos criaron y crecimos. Pero a veces no.

A veces simplemente no pasa nada. Las horas de un día transitan por el reloj con un aplomo intrascendente, cargado de pesadez, esperando su relevo y su descanso, las tres... las cuatro.... esperando desde un gesto irónico de las agujas que las cinco y las seis traigan algo nuevo, sabedoras de que nada más lejos de lo común, de lo propio de los días que no pasa nada. Mientras somos tan valientes como para aburrirnos hay gente que nace y que muere, personas a las que le parten el corazón o el alma, ignorando de nuestra existencia así como nosotros hacemos lo propio con la suya. Somos unidad, uno. Cada vez más. Mientras uno oye o escucha a quien habla a veces no hace otra cosa que aguardar su turno, para comenzar su perorata (que es la que dice algo) con un inicial Yo rotundo, y habla, y dice, y se pierde. Entonces de tanto decir a veces no dice nada, y ni el Yo inicial le salva. Esos son los días en que no pasa nada.

Pero a veces no. A veces uno se toma a pecho el lenguaje y va más allá de lo que las palabras dicen. Se imbuye en la estructura intrínseca de las proposiciones que le lanzan o que emite, para captar la intencionalidad inherente de cada suspiro con forma y alma. Es un lenguaje confuso el que nos envuelve a diario. Ningún lenguaje es natural, ni el más común. Si se ve con calma, hasta el decir más descuidado a quien nos confía y nos respalda lleva aparejado una increíble carga lógica que de forma implícita o explícita queremos transmitir. Fatuo intento. Las palabras no se escuchan desde las palabras, y en los oídos no hay palabra. En el decir siempre hay un querer. Una intención que quiere, subrepticiamente, hacerse patente, influir, afectar, trascender. El vicio del lenguaje es jugar al despiste, en atribuirle al azar la resonancia de nuestras palabras para que la forma que finalmente adopten estas en los oídos de quien nos escucha no sean de nuestra responsabilidad, sino del entendimiento o el contexto. Dejar al descuido la interpretación y dejar lo importante en las palabras es la más cruel de las falacias, puesto que con ella nos hacemos cómplices de aquello que odiamos, la falta de claridad. Por ello los días en que todo son palabras y detrás de ellas no hay nada son los días que no pasa nada, y los días en que se deja al azar o a la interpretación la verdadera intencionalidad de lo que queremos decir son los días crueles, los días en que nos comportamos siendo tal cuales nos criaron y crecimos. Pero eso son cosas que pasan.

viernes, 26 de noviembre de 2010


- Hombre señor López, cuánto tiempo sin saber de usted. Ya me estaba empezando a preocupar. Pensé en llamar a su casa para ver si se había puesto usted enfermo.
- No se preocupe señor Pérez. Sólo estuve de vacaciones.
- ¿Viajó a algún sitio? ¿A ver a la familia quizá?
- Nada de eso. Me quedé en casa, sin salir, al abrigo del brasero y en la rutina de los libros. Verá. Estaba ya dándole vueltas a una retirada a tiempo. Llevaba ya demasiados meses andando a pijo sacado por las calles, con prisas siempre por las cosas más estúpidas. Así que decidí pararme, coger aire, y salir corriendo nuevamente como un niño, con todas las fuerzas del mundo. En eso he estado estas semanas, cogiendo aire.
-¿Respirando?
- Exacto. A veces me falta el tiempo, y el cerebro se me llena de cosas absurdas, a las que por inercia acabo dándoles importancia. Uno es crítico, y se empeña a serlo oiga. He leído a Marx y a Horkheimer, pero a veces me le escapa la ligazón entre la acera y los libros. Por eso los poetas necesitan silencio.
- No sabía que fuese usted poeta señor López.
- Todos lo somos, lo que ocurre es que muchos no ejercemos. Me incluyo.
- Conociéndole como le conozco, atisbo a entender que su retiro parcial se ha debido a algún hecho grave, de esos que le hacen huir, esconderse del tiempo para pensar con calma lo ocurrido, para después volver a los segundos y los minutos con esa mirada tan suya, la que parece tener las respuestas a todas las preguntas, incluso las no formuladas. Dígame, en qué han andado ahondando sus anodinos pensamientos anónimos.
- En todo y en nada, la verdad. No fue un hecho lo que me hizo salir corriendo, señor Pérez. No hubo tal delito flagrante, ni desengaño, ni muerte trágica o acontecimiento lo suficientemente potente que me pusiese en huida. Fue más bien una ausencia. Me pudo la rutina, el todo va bien, el según lo previsto, la falta de contratiempos y sorpresas. Uno los detesta tanto como se acostumbra a ellos y acaba deseándolos, pese a saber que en ocasiones le serán desagradables.
No hice nada señor Pérez. Simplemente me desperté una mañana y no me convenció lo que había más allá de sacar un pie. Eché cuentas y entre el sueño y el afuera decidí quedarme durmiendo un rato más, no mucho. Después, me dije, en pie y a otra cosa . Así lo hice. No fui a trabajar, ni contesté a las llamadas ni resolví aquellos asuntos pendientes que, en principio eran urgentes y dependían de mi responsabilidad. Al final se demostró que ni lo uno ni lo otro. Ya ve, todos somos contingentes, nadie necesario, ni los alcades.
- Jajajajaja, qué gran película.
- Entre las mejores del cine español, sin duda.
- Y a qué se dedicó en ese mientras, en el espacio habido y entre la pausa y el salir corriendo como un niño.
- A las chorradas más inútiles e intrascendentes y que, sin embargo, ansiaba hacer. Paseé, toqué la guitarra, leí, leí mucho. Novelas sobre todo, ni ensayo ni filosofía ni periódicos ni esquelas. También poesía.
-¿A quién?
- A Machado. Campos de Castilla.
- Un buen plan, desde luego. Le tengo hasta cierta envidia sana.
- Aprendí a degustar el sabor dulce de lo inútil, de lo intrascendente. Nada es vacío si al mismo tiempo tratamos de buscar algo más que la utilidad práctica, la eficiencia o la idoneidad. Siempre hay un temple, una llamada del acto a quien lo ejecuta. Un reflejo del cariño que ponemos, como poetas, en aquello a lo que orientamos nuestras pasiones.
- Las pasiones.... qué término tan amplio y tan vacío a la vez.
- Pasiones. Al fin y al cabo son interpelaciones del propio espíritu, del propio ser. Mensajes indescifrables que se nos aparecen como un sentimiento, como una sensación de placer o displacer que nos llevan a ahondar en ello, en lo que sea. Cosas en principio vacuas pero en las cuales descubrimos que nos va la vida en ello en cuanto las tocamos, las manejamos. Creamos las pasiones, ellas nos encuentran pero somos nosotros quienes les damos curso, existencia.
- Y cómo se siente ahora, tras respirar y salir corriendo.
- Como un niño.
- ¿Entusiasmado?
- Aburrido. Necesito un juego nuevo.
- Y qué fue de las pasiones.
- Las pasiones siguen, son más un "ethos" que una "techne". La potencia sigue, el contexto varía. El acontecimiento continúa, se transforma, crea otros acontecimientos, otras emergencias de sentido. Y así un día más. Feliz de ser consciente de esto, de saber saber querer lo detestable.
- Bellísimo eso que dijo. ¿Y su hija?
- Bien, esta mañana me dio un beso, y salió corriendo.

Photo; J. Doménech.

domingo, 3 de octubre de 2010

- Dígame señor López, qué hace tan callado, tan absorto en sus pensamientos.

- Pues verá señor Pérez, es que he olvidado las gafas y no puedo leer. Así que me he dado al sino de la imaginación, a dejar volar los pensamientos sin ton ni son y esperar a ver qué sale. Es divertido.

- Y en qué andan ahora sus denostados quebraderos de cerebro.

- Ahora mismo estaba pensando en la expresión "hasta los cojones". La veo muy visceral. Aunque lo cierto es que no se si la metáfora refiere al dolor físico de huevos o si bien sitúa el hastío en lo genital. Merece la pena profundizar en estas cosas. Cada palabra, gesto o expresión de los que a diario nos parecen inocuos esconden tras de sí un infinito y una historia propias, sendas que sólo los más aviesos se atreven a transitar.

- A mi me da que es una expresión no calculada, en cierto modo no hay metáfora ni comparación, es sólo un dicho convencional que con el uso ha adquirido su significado más allá del que refieren sus propias palabras.

- Un quite torero en la dicción a los que somos tan dados los españoles.

- Exacto.

- Y dígame señor López, ¿Es que acaso está usted hasta los cojones de algo?

- Pues si, valga la repetición estoy hasta los cojones de estar hasta los cojones. Desde pequeño he ido observando que conforme crecemos todo es más complicado, más difícil y más largo. Las cuestas son más empinadas y las cargas más pesadas.

- Además todo son problemas y uno acaba tan harto que sólo puede cagarse en Dios, la patria, las banderas y escenificar toda esa mala hostia con un soberbio apretón de cojones mientras tilda de rabia su rostro.

- No todo es malo hombre, no sea tan maniqueísta. Nos queda la música, las mujeres y la poesía.

- Y la buena mesa.

- Y las palabras.

- Si, y las palabras.