
martes, 6 de septiembre de 2011
Volutas de humo.

domingo, 1 de mayo de 2011
Sin piedad.
El destino de los hombres nace abyecto a su penitencia. El dolor anquilosado en su existencia, que se somatiza en ocasiones en jaquecas, esguinces y dolores de espalda, nos acompaña desde la cuna hasta la tumba, desde la sábana de hospital con lacito roza o azul hasta el sudario, desde la cálida mano de la comadrona que nos sujeta la cabeza y nos entrega a nuestra madre hasta la fría mano del funerario que nos cierra con un "crak" la boca abierta durante demasiados días respirando oxígeno de botella para peinarnos, cerrarnos los ojos y devolvernos a la nada en una cutre metáfora de habitáculo de tres, por uno por un metro de nicho, con suerte, situado en la zona media de la pared.
Nadie nos avisó en la niñez del carácter traidor de la existencia. No nos dijeron que el juego, la risa y los veranos largos acabarían con el último estirón y la primera cuchilla de afeitar. Nos confundieron la decencia y el saber hacer con la realidad de agachar la cabeza y ser dóciles y productivos, útiles al fin y al cabo, pero siempre prescindibles más allá de las paredes de nuestra habitación, las que fueron testigo de nuestros juguetes, más tarde de nuestros libros, estudios e ilusiones, y finalmente del humo de los cigarros insomnes con la luz tenue encendida, llorando sin lágrimas en la madrugada, mientras nos preguntamos cómo fuimos tan indolentes ante una mentira tan bien orquestada.
Cuando los lenitivos ya no surten su efecto la lucidez se manifiesta en toda su descarnada realidad. Hay quien se queda en la risa facilona, el vino y las sistemáticas vías de escape de un mundo esquizofrénico. Hay quien no. Hay quien aun se sorprende por los ridículos espectáculos que la vida en sociedad nos proporciona. Hay quien aun mantiene un gesto serio ante la estupidez orquestada y el ridículo a sabiendas. Son, o somos, pocos quienes aun explotamos por dentro al ver u oír depende qué cosas, y son, o somos, muchos quienes nos sentimos cobardes por no contar con otra espada que la resignación, una mañana libre y un rato para escribir cosas que quizá jamás leeremos, o que en pocos años nos serán ajenas, pero no del todo. En otro tiempo nosotros hubiésemos sido soldados o terroristas, depende de en qué bando. Hubiésemos sido héroes que por una bandera, una idea o un amor habríamos dado la vida o resistido la tortura, habríamos cantado canciones entre sendas no oficiales de bosques en montañas aun sin dueño que dieron vida a quien en ellas daba la suya.
Hoy caminamos en la soledad más absoluta. Divididos, fraccionados. No somos nada sino intentando ser algo, ser alguien. No tenemos conciencia colectiva ni puñetera la falta que nos hace. Somos débiles. No sabemos lo que somos si el otro no nos lo dice, si no nos reconocemos en el rostro ajeno como aquello que buscamos ser. Buscamos la diferencia con el resto y a la vez su identificación, dependiendo del momento. Somos contradicción pura sin ni siquiera saber lo que somos.
Y hay quien sigue, o seguimos, sorprendiéndonos de cómo occidente se pasó por el forro bibliotecas enteras, siglos de guerra, sangre y lágrimas. Aun nos sorprende cómo ante la enorme dialéctica de la historia la respuesta del hombre actual es la indiferencia, el desconocimiento. Nos sorprende cómo los viejos problemas, las discusiones que recibimos con decenios o siglos de antigüedad quedaron sin respuesta y sin empuje para seguir mareando la perdiz más allá de lo académico.
Uno añora leyendo a Unamuno la fuerza de los años treinta. Era un mundo cruel y despiadado, pero humano, donde se daba lo mejor y lo peor, y aun no existía la tele y la palabra era más importante que la imagen. Añora uno, decía, un mundo en pugna entre tres discursos o explicaciones que pretendían la hegemonía mundial para hacer valer sus pretensiones a base de fuego y técnica. Nadie sabía entonces lo que se avecinaba, pero el nerviosismo y las pasiones estaban justificados pues ante el hombre se erigían tres modelos de vida diferentes, y se le planteaba la obligación de decidir y luchar por aquello cierto que encontró cada cual dentro de sí.
Ganó el capitalismo y nadie más quiso saber qué fue del resto. Con el tiempo aprendimos a conformarnos con un sistema total que nos lo daba todo hecho, de la cuna a la tumba. El mito, la explicación total que no deja lugar a dudas. Aprendimos a vivir en un mundo hipostasiado bajo la premisa y la recompensa de la paz, de la tranquilidad. La paz, el orden que aniquila al ser humano, o la parte humana que aun le queda por ser.
Morimos como animales en el matadero sin darnos cuenta. Sin encontrar hoy en día un testimonio de todo aquello que ocurrió mientras mirábamos para otro lado. Somos imbéciles. El mundo se ríe de sí mismo mediante el periodismo. Ya no sabe qué inventar o cómo contar. Toda noticia es un consumible, un refresco que se deshecha cuando se acaba y a otra cosa. El periodismo nos da la imagen, el relato y el impacto, atenaza nuestras conciencias con una irónica sonrisa, sabiendo que el drama durará mientras él quiera que dure. Relatos con fecha de caducidad.
Y los que leímos a Nietzsche, a Heidegger, a Horkheimer y a Foucault sabemos lo que ocurre. Entendemos los parámetros y los pasos que siguió un sistema que quiso hacerse total, eternizarse, y lo consiguió. Sabemos cuál es la pata que cojea en esta mesa y nos seguimos preguntando, aun, si todavía podemos hacer algo. En un mundo que habla con cifras, números, sabemos que nuestras conjeturas son residuales, anecdóticas, y que nuestros discursos serán fagocitados como un consumible más, quizá como un ensayo de Anagrama que dure dos años en las librerías y punto, y adiós.
Sabemos también que no cabe oposición, ni revolución posible. Sabemos también que es difícil romper una cadena que engulle todo lo que toca, que convierte cualquier desafío en un argumento a su favor, como el grafitti que ya no es vandalismo sino arte urbano, un sistema que tolera la crítica porque le refuerza.
Sabemos todo eso y sabemos mucho más. Leímos en Lipovetsky, Fukuyama, Vattimo y Sáez Rueda lo que vino después. Entendimos cómo llegamos al día de hoy pero sin saber el porqué. No comprendimos cómo nuestros padres se dejaron engañar bajo el pretexto del progreso, la ignorancia y el miedo. A muchos nos queda la lucidez, pero sabemos que con eso no basta. Sabemos que mañana habremos leído más libros y habremos comprendido mejor la historia, y nos preguntamos si podremos aguantarlo. No se puede vivir pensando una cosa y haciendo otra, pero no se puede vivir de otra manera, y nos preguntamos si el conformismo nos sirve y si la derrota nos consuela. A simple vista no, pero aplazamos el momento del veredicto so pretexto de conservar la paciencia y la poca cordura que aun nos queda y construirnos un kibbutz y ahí poder ser ajenos a un mundo que nos expulsa, pero que no puede vivir sin nosotros.
Perdimos la guerra sin luchar en ninguna batalla. Las bibliotecas son el cuaderno de bitácora de un buque ya tocado que zozobra en un lento pero inexorable balanceo, condenado al fondo marino y al olvido antes o después, junto al esperanto, la Ilustración, Atenas y otras víctimas de la historia. Y estúpidos, buscamos un buen sitio para presenciar el hundimiento.
Perdimos la guerra, pero aun no perdimos los papeles. La lucidez será nuestro tribunal mañana, sin piedad.
miércoles, 16 de marzo de 2011
El aceite de Iznalloz

Iznalloz es un pueblo de Granada, de pasada para mi. Siempre lo he bordeado cuando iba o venía de o hacia Granada, y salvo una vez que tuve que ir por la carretera cruzando el pueblo, para mi siempre ha quedado a mi izquierda o a mi derecha por la A-4 hacia otro lugar.
Junto a dicho pueblo hay una vía de servicio todo en uno; gasolinera, hotel, bares, restaurantes, tickets para el ferry, tienda de artículos de caza, productos de la tierra y más cosas si me apuras. Junto allí, como decía pasa la autovía dirección Granada y también confluye el desvío por carretera hacia La Peza, carretera que acorta el camino hacia Almería. Por ello la vía de servicio es la leche, siempre llena de gente a la hora que se pare uno. Coinciden a pie de barra tíos recios que se van a barear aceitunas con trajeados en dirección a la capital, estudiantes de fin de semana, fiesteros de la Copera (inconfundibles), guiris con la estampa de Sierra Nevada en la jeta, marroquíes con jaima improvisada y Harissa con el útero hasta arriba de grifa. Panorama pintoresco cuanto menos.
Un desprecio tan indirecto como visceral es el que encierra esa aporía, esa patraña del progreso, la tecnología, el todo ahora, bueno, bonito y barato, el usar y tirar, los envases individuales hasta en las galletas, la propaganda que dura en la mano tres segundos y luego a la mierda, el "do it yourself" y su puta madre. Todo lo que tiene interés tiene así precio, y las formas importan más que el fondo, y no, eso no es así, que se lo digan al tío que tengo al lado, mientras desayuno, con pena, o más bien con sueño.
Manda huevos, pienso yo. Pago y sigo, y adios muy buenas.
miércoles, 9 de marzo de 2011

lunes, 7 de febrero de 2011
Excurso.

Cuando todo lo escaso pasó a ser abundante y lo costoso accesible empezaron a escribirse cosas como "puta", "coño" o El Código da Vinci. También vinieron cosas buenas como Bukowski. Sin embargo el discurso perdió su carácter de disculpa y la pretensión de escribir pasó de ser un reto a una fanfarronada en ocasiones. Un universal, para lo bueno y para lo malo.
Sin embargo hay cosas para quien habla en filosofía que conservan su valor, aunque ya casi sean de carácter museístico, verdaderos edificios del pensamiento que están más en las estanterías que en lenguaje diario, pero que están.
lunes, 20 de diciembre de 2010
A la puta carrera.
Falta de tiempo. En ocasiones empleamos esa expresión para referirnos a una susceptible carencia de minutos que a lo largo del día se nos aparecen como despresentes, quizá para dedicar más a las cosas que hacemos o quizá para unificarlos todos bajo un mismo horario y emplearlos en algo nuevo, o en algo viejo y ya dejado, o a lo cual siempre queremos volver y no podemos, o quizá no podamos. La expresión produce así una distorsión que imposta nuestro ser, refiriéndonos al tiempo desde su falta configuramos la apariencia de una dualidad intrínseca; yo y el otro de yo. Quien hace y quien desea, el que es en los actos y el que es en el pensamiento. ¿Seguro que somos dos? No lo se, me lo pregunto. Trato de entender el porque de esta eterna contradicción que somos cada cual con nuestro tiempo, y que llego a entender y a ver como un problema que atañe a todos, un problema casi universal, aquel en el que hablamos de nosotros mismos desde dos planos, el que somos y el seríamos si tuviésemos la ocasión de ser, las cosas que hacemos y las que haríamos si tuviésemos tiempo
No se, quizá hablemos desde el desconocimiento de qué haríamos caso de tener tiempo para aquello que siempre desdeñamos por poco conveniente o propicio. Hablamos desde el pensar que, desde el no saber efectivo, desde la no realización de aquello que ansiamos. Por tanto nuestra carencia más que de tiempo es de hecho, de voluntad. Nietzsche decía que todo aquel que no contase con un tercio del día para dedicarlo a sus disquisiciones más cerebrales vivía en la esclavitud, una refinada estructura de confinamiento que canaliza las energías más en la queja continua que en la acción, más en el lamento que en la violencia inherente que a cada cual legitima para hacer de su vida algo suyo. Esto más bien lo dijo Foucault, pero para el caso nos sirve.
Ansiamos tiempo, un tiempo que nos es robado, sustraído, imposibilitado. Los ritmos hoy son extenuantes, acelerados. La perfección un ideal inalcanzable pero cada vez más exigible, de todos lados, del trabajo, de las responsabilidades, de las relaciones, del amor, y más que como una cadena que nos ata se trata de un hábito que nos imponemos, sin saber por qué y recurriendo con exceso a la queja del póbrecito de mi, al victimismo falsado, pues no queremos ser víctimas sino tan solo acomodarnos en su estatus de legitimados para quejarnos y ser escuchados en aquello que decimos. Queremos un tiempo que entendemos como nuestro pero que no nos atrevemos a reclamar, a coger. Funcionarializados como estamos, abyectos al quehacer cotidiano y a las doctrinas de escarnio establecidas, a las catarsis colectivas del fin de semana, al cine, a los libros de éxito que siempre aparecen por navidad, a los lunes, los másters, las mierdas y las coles, las jodiendas, las vienales, los sabañones y los domeñables la única ideología posible es a la puta carrera, la prisa, el horario de cierre, de apertura, el sprin por coger el metro, el puntual inicio del telediario. El tic. y el tac. que nos es tan propio como ajeno. Y no hay tiempo para más.
Como quizá todos pensemos, entre mis propósitos también está el de sacar un hueco para ser y hacer todo aquello que no soy ni hago pero que me gustaría ser y hacer. Estamos arrojados al mundo y nadie va a venir a recogernos, ningún equipo de rescate aparecerá en helicóptero ni al final del proceso la sentencia nos indemnizará con los minutos y segundos robados y perdidos. Somos como estamos, pero no podemos ser sin proyectarnos, sin un alivio, aunque sea mental, de la revolución que no pudo ser, pero que en nuestro fuero interno siempre apoyamos. Somos tan amorales como un neumático pero siempre nos quedará echar la culpa a otro, o al sistema, o a lo que tocaba en ese entonces. Quizá así nunca seamos culpables de nada, seamos simples víctimas, pero tampoco seremos héroes, ni dueños de nuestros minutos. Seremos lo que seamos, pero no lo que quisimos ser, porque en verdad no lo quisimos como se han de querer las cosas, con voluntad.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Cosas que pasan
Cosas que pasan. A veces a uno, a lo largo del día le ocurren cosas, o las ve, o las oye, o las propicia. Acciones u omisiones que le hacen a uno recobrar la fe en la humanidad, en darle otro voto de confianza a una vida ya de por si despiadada. La gente, de la que ya estamos acostumbrados a no esperar nada, en ocasiones lanza un verso al viento y desde su gañanía incardinada hace un gesto que vale un mundo. A veces no, a veces todos somos tan hijos de puta como cabría esperar y actuamos como tales, sin alterar la tónica, siendo tal cuales nos criaron y crecimos. Pero a veces no.
A veces simplemente no pasa nada. Las horas de un día transitan por el reloj con un aplomo intrascendente, cargado de pesadez, esperando su relevo y su descanso, las tres... las cuatro.... esperando desde un gesto irónico de las agujas que las cinco y las seis traigan algo nuevo, sabedoras de que nada más lejos de lo común, de lo propio de los días que no pasa nada. Mientras somos tan valientes como para aburrirnos hay gente que nace y que muere, personas a las que le parten el corazón o el alma, ignorando de nuestra existencia así como nosotros hacemos lo propio con la suya. Somos unidad, uno. Cada vez más. Mientras uno oye o escucha a quien habla a veces no hace otra cosa que aguardar su turno, para comenzar su perorata (que es la que dice algo) con un inicial Yo rotundo, y habla, y dice, y se pierde. Entonces de tanto decir a veces no dice nada, y ni el Yo inicial le salva. Esos son los días en que no pasa nada.
Pero a veces no. A veces uno se toma a pecho el lenguaje y va más allá de lo que las palabras dicen. Se imbuye en la estructura intrínseca de las proposiciones que le lanzan o que emite, para captar la intencionalidad inherente de cada suspiro con forma y alma. Es un lenguaje confuso el que nos envuelve a diario. Ningún lenguaje es natural, ni el más común. Si se ve con calma, hasta el decir más descuidado a quien nos confía y nos respalda lleva aparejado una increíble carga lógica que de forma implícita o explícita queremos transmitir. Fatuo intento. Las palabras no se escuchan desde las palabras, y en los oídos no hay palabra. En el decir siempre hay un querer. Una intención que quiere, subrepticiamente, hacerse patente, influir, afectar, trascender. El vicio del lenguaje es jugar al despiste, en atribuirle al azar la resonancia de nuestras palabras para que la forma que finalmente adopten estas en los oídos de quien nos escucha no sean de nuestra responsabilidad, sino del entendimiento o el contexto. Dejar al descuido la interpretación y dejar lo importante en las palabras es la más cruel de las falacias, puesto que con ella nos hacemos cómplices de aquello que odiamos, la falta de claridad. Por ello los días en que todo son palabras y detrás de ellas no hay nada son los días que no pasa nada, y los días en que se deja al azar o a la interpretación la verdadera intencionalidad de lo que queremos decir son los días crueles, los días en que nos comportamos siendo tal cuales nos criaron y crecimos. Pero eso son cosas que pasan.